jueves, 3 de noviembre de 2011

Demonios

La lluvia empapaba mis botas desgastadas por los años, noté como los calcetines se me calaban y un escalofrío me recorría desde los píes hasta el cuello. Corría por las calles desiertas de una ciudad cualquiera, buscando donde cobijarme, temblando ante la fría noche y sus alargadas sombras. Las farolas parpadeaban hasta apagarse y la calle se llenó de sombras, absoluta oscuridad. Esa noche de grandes nubes había salido a buscarla a ella. Ella, que huía despavorida de mi entre la noche, sin dejarme encontrarla. Vi un rayo de luz y supe donde se encontraba ella, quería aferrarme a la poca luz que podría encontrar en mi oscuridad, no quería caer en ese pozo negro y profundo. Ella me miró, su figura era tan alta como la mía, tan ancha como la mía, y los ojos profundos y oscuros de millones de años. Empezó a desvanecerse, corrí tras ella, pero cuando llegué ya no había nada, solo una joven sometiéndose a la oscuridad de la noche. Volvieron a encenderse las luces de las farolas y me ví reflejada en un charco, una figura sin rostro. Ella ya no estaba, no volvería. Me levanté y retrocedí, de vuelta a casa, con un corazón roto que bombeaba sangre negra, sangre muerta. Y cuanto más me alejaba, más olvidaba mi Alma. Y así el Demonio se formó, en una calle de oscuridad y carente de luz.

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