sábado, 5 de noviembre de 2011
Rabia
La oscuridad se hacía con la calle, quedando esta negra como los ojos a los que miraba.
Parecía mentira, que pudiese haber algo más negro que esa oscuridad nocturna, pero sus ojos lo eran más aún, profundos, oscuros, terroríficos.
Me escrutaban en la noche, y podía sentirlos fijos en mi mirada, mirada que me costaba aguantar.
Su espada llameó al sacarla de su funda y entrar en contacto con su mano. El fuego se reflejó en sus ojos e iluminó lo que no se podía apreciar de su figura en la oscuridad.
Su pelo negro, corto y lacio, sus labios carnosos apretados. Su altura y gran musculatura. Sus piernas en pose defensiva. Su atractivo infernal.
De sus labios salió un sonido parecido a una voz, pero no era una voz, eran millones de ellas, todas las voces demoníacas saliendo de esos labios que yo tanto había besado.
“Al fin dejas de huir de nosotros” dijo esbozando una sonrisa, “Lucas te manda recuerdos desde el infierno”
“Devuélvemelo” dije con una voz firme y autoritaria, aunque no me sintiese ninguna de las dos cosas, pues me sentía hundida, destrozada y apenada.
Una risa demoníaca formó ese ser “sabíamos que no huirías si poseíamos este cuerpo. No te lo podemos devolver, a su alma le quedan pocas horas, no se recuperará” y, añadiendo con fingida pena, dijo “lo lamentamos”.
La rabia me consumió, mi cuerpo adquirió la luz propia de un ángel y de mi pequeña espalda nacieron mis blancas alas.
“Al fin” susurraron las voces.
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