martes, 20 de diciembre de 2011
Luna
Ella se movía seductora, ligera, suave... como si de una pluma se tratase...
Su movimiento lento y dulce inspiraba más de un sentimiento...
Sus delgados brazos se movían solos, como si estuviesen separados de su magnífico cuerpo. Bailaban a un ritmo diferente al que llevaban sus largas piernas y sus insinuantes caderas, pero el conjunto era un movimiento armonioso y nada vulgar, suave, sencillo (o eso parecía)...
La elegancia con la que se movía podía recordar al andar de un gato... Su forma de mirar hacía aún más grandes sus oscuros y profundos ojos, enmarcados por unas suaves cejas y un ondulante cabello largo, de aspecto sedoso; suave y oscura seda. La felina humana seguía moviéndose, cerraba los ojos y bailaba al son de la música, como si flotase en ese espacio, en esa habitación.
Su cuerpo hipnotizante provocaba una sensación de mareo, pues los giros eran contínuos en su baile, con las caderas, con los brazos, con el cuerpo y con su largo y delgado cuello.
La seda que cubría su cuerpo se confundía con su brillante pelo e insinuaba un cuerpo perfecto de piel clara y de textura suave, salpicado de algunas pecas en lugares estratégicos: brazos, abdomen y escote.
La música terminó, pero no implicó el fin del baile. Todos estábamos hipnotizados por su belleza y sus movimientos, así que, en el momento en que la música se apagó ella continuó con su danza y a ninguno nos importó el hecho de que la música ya no existiese... Hasta el momento en que sus extremidades recuperaron el equilibrio y su baile finalizó...
Fue entonces cuando nos brindó la sonrisa más brillante, encantadora y perfecta; a la vez que salvaje, insinuante y altiva.
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