A mis 17 años, reflexionando sobre toda una vida de decisiones mal tomadas que me han llevado a este final.
¿Qué final? ¿Cómo catalogar si un final es bueno o malo si solo tenemos uno? Bueno si vemos esa luz al final del camino, malo si vemos las llamas del infierno surgir bajo nuestros pies.
¿En serio?
Un buen final... No existe. Un mal final, de nuevo: no existe. Tampoco existe un final, solo el comienzo de una nueva etapa, un nuevo capítulo.
Final, como tal, podríamos definirlo como el resultado de las decisiones tomadas en vida. Os aseguro que todos tomamos malas decisiones, decisiones buenas, y también decisiones malas dentro de malas y buenas dentro de buenas. Podríamos decir que existen: decisiones buenas buenas, decisiones buenas, decisiones malas y decisiones malas malas.
En serio, en serio. No va en coña.
Por ejemplo, mi decisión de escribir esta segunda entrada, en vez de estudiar (cosa que debería hacer si la semana que viene me juego la nota de la primera evaluación) es una decisión mala. Decisión buena para vosotros, aquellos que vayais a leer esta rayadura mental, ya que os aburrireis un poco menos, o eso espero; ya que eso me propongo; y sino será una tremenda catástrofe el crear este blog, porque solo me quitará tiempo. Tiempo que he decidido utilizar para un fin, en vez de otro.
Muchas de las decisiones que tomamos, las tomamos sin ser conscientes de ellas. A veces es algo habitual, algo que esperan que hagamos, a veces, decisiones que creemos tener que llevar a cabo, no por nosotros, sino para los demás.
Aquellas personas que piensen tanto en los demás que se lleguen a despreciar a sí mismos; aquellas personas, que en ese caso, son como yo; os ofreceré un consejo que también me ofrezco a mi misma:
Vuestra decisión no es buena buena, como creis, ni buena; sino mala mala ¡malísima! Lo único que conseguiréis despreciándoos y preocupándoos más por los demás en vez de por vosotros mismos, será caer en un círculo vicioso en el que no se puede salir. No podeís tomar las decisiones por los demás, podeis tomar solo las vuestras. Podeis decidir ayudar, pero en el momento en que no podaís ayudaros a vosotros mismos, tampoco lo conseguireis con los demás.
Para aquellas personas, que por el contrario, piensan tanto en sí mismas que llegan a despreciar a los demás, os diría: daros cuenta de como sois, dejar de mentiros a vosotros mismos creyéndoos geniales, divinos, y superbuenas personas. Porque no lo sois, y si seguis así, núnca lo sereis.
Y el tiempo pone a cada uno en su lugar.
He de decir que he hecho una pequeñísima mención a un gran filósofo de la Edad Antigua, en el siglo IV, San Agustín de Hipona. Ya que me ha inspirado en la manera de catalogar a las personas, con una pequeña variación. Que decía, en su amor a Dios que existían dos ciudades, La ciudad terrena, y La ciudad de Dios. Dónde se pueden encontrar dos tipos de personas.
En la ciudad terrena aquellos que se aman tanto a sí mismos que llegan a despreciar a Dios.
En la ciudad de Dios se encuentran los que aman tanto a Dios, que llegan a despreciarse a sí mismos.
Segunda entrada, con ganas de publicar, sin inspiración.
Parece que teóricamente vas captando el mensaje que siempre te intento transmitir (con la ayuda de San Agus XD).
ResponderEliminarPero no es bueno teorizar tanto sobre tus decisiones, es todo muy relativo. A veces las peores decisiones dan los mejores resultados (aunque entonces serian las mejores al fin y al cabo... ¿paradojico no?)
Lleva la teoría a la práctica y me harás un poquito más feliz.